Bicicletas que fuimos

A cualquiera que le gusten las bicicletas, entendidas desde un punto de vista metafísico, por supuesto, recomiendo la lectura de “El tercer Policía” de Flann O’Brien. En esta novela, divertida e ingeniosa como pocas, hay un tratamiento del concepto “bicicleta” de lo más interesante y sorprendente. Hay un personaje, un científico apócrifo llamado De Selby que tiene unas disparatadas pero científicamente razonadas teorías. Sostiene que la tierra en realidad no era esférica, sino asalchichada, por ejemplo y también tiene, (y ahí vamos), una Teoría Atómica. Los cuerpos, las cosas, a fuerza de permanecer juntas, acaban teniendo la tendencia de compartir átomos. Una pequeñísima parte de los átomos de un cuerpo son transferidos al contiguo y viceversa, de manera que, con el tiempo, es difícil determinar qué cantidad de un objeto forma ya parte del que está al lado. De esta manera y teniendo en cuenta la infinita cantidad de horas que un hombre (o mujer) pasan en su bicicleta a lo largo de su vida, (estamos hablando de la Irlanda de principios del siglo XX), se puede afirmar sin temor a equivocarse que hay hombres que son cada vez más bicicletas y bicicletas que son cada vez más hombres. Esta teoría viene a explicar porqué hay bicicletas que aparecen en el salón sin que nadie las haya puesto ahí o nos sorprenden en un pasillo como escuchando conversaciones ajenas.

Y a De Selby no le falta cierta razón. Porque una bicicleta con la que vamos al trabajo o a la universidad, que compartimos con nuestra pareja o con la que nos manejamos en una ciudad llena de tráfico; una bicicleta en la que viajamos y en la que vivimos momentos felices acaba formando parte de nosotros. Y viceversa.

Por eso cuando en una ciudad te encuentras una bicicleta destrozada, encadenada a una farola o a un árbol, cuando ves un despojo de ruedas y manillares estás viendo tirada por los suelos,  si sabes mirar, una parte de la historia de alguien.

Buscando en la vida que podían esconder estas bicicletas yo he tratado de imaginar a sus respectivos dueños, las personas que algún día fueron.

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Exposición en San Lorenzo de El Escorial

Hola, te llamo de la Casa de la Cultura de San Lorenzo de El Escorial porque tenemos aquí un proyecto tuyo para realizar una exposición de pintura. Es que tenemos unas fechas disponibles y era para ver si podías exponer tu obra, puedes? – ¿Y para cuando sería? – Este… para dentro de ocho días.

Y dije que sí.

Y tengo que decir que a pesar de lo apresurado ha ido muy bien. Montamos el día 16, inauguramos al día siguiente y a partir de ahí todo estupendo.

Agradecimientos: A todos los amigos que se han acercado estos días a ver la exposición, especialmente a los que han venido desde lejos. A Alfonso por romper la barrera del tiempo. A James Ellroy que me ha entretenido las calurosas tardes de estos días en las que el público tardaba en entrar. A todos los que todavía se lo están pensando, en especial a esa chica hizo tanto por convencer a sus padres. A los que han venido acompañados de Juve i Camps. A los trabajadores de la Casa de la Cultura que son muy majetes. A la señora mayor que casi todas las tardes se acercaba a ver si ya había vendido, al ciclista que entró con bicicleta y todo, a la pareja de enamorados, al papá que vino con su hija pequeña, a la mujer que hizo esperar a su marido, al matrimonio de holandeses y en general a todas las personas que me han dicho cosas bonitas y me han dado ánimos estos días, he aprendido mucho con vosotros.  Y gracias especialmente a a Ana, a Amparo, a María Victoria, a Belén y a mi madre por las manos que me han echado.

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Orsol

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Modelo Aneto 4/6

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Is this trip really necessary?

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Gone with the tea

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Dos en la encrucijada

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San San Sansón

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Un hombre

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Desayuno en Edimburgo (Una mesa con cosas encima)

Mi sobrino Mario dentro de poco cumplirá 5 años. Hace pocos días se quedó en casa un ratillo, sin sus padres, para asistir al cumpleaños de su prima Violeta, mi niña. Como sé que le gusta pintar fuimos juntos al estudio un rato, (yo llamo pretenciosamente estudio al par de metros cuadrados donde tengo los lápices, las espátulas, las pinturas, etc). ¿Te gusta mucho pintar, verdad Mario? – Sí, claro- dijo con su perfecta dicción de pitagorín, ¿Y en el cole pintáis mucho? – Si, claro, lo que pasa es que nosotros pintamos con unas pinturas llamadas témperas – Mira-, le dije, -este es el cuadro que estoy pintando ahora – (se lo mostré con la esperanza de que reconociese a su padre, que está en primer término), a lo que Mario, con la sabiduría aplastante e irrefutable de su edad, contestó: -Claro, una mesa con cosas encima, muy bien.

Yo me creía que había pintado esos desayunos sin prisas en la casa de mi hermano Alex en Edimburgo, cuando Ruth y yo fuimos a visitarle. Creía haber pintado el espíritu de aquella casa grande, luminosa y absolutamente caótica en la que vivía, y el relax, y la despreocupación y la sensación de estar en otro mundo. Pero no. Había pintado una mesa con cosas encima. Y me pareció genial.

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Volare Intervenido

Hay veces que ves un cuadro tuyo de hace tiempo y piensas “Pffff!!! Qué antíguo te has quedado!” Es tuyo pero es como si no lo fuera. No puedes mostrarlo porque hay una distancia tremenda entre el tú de hace 3 ó 4 años y el tú de ahora.  Y tienes dos opciones: O condenarlo a pasarse el resto de su vida en algún rincón oscuro, que es la antesala del olvido y del cubo de basura, o intervenirlo.

Cuando intervienes un cuadro hay una especie de conflicto moral, cierto cargo de conciencia que no se va del todo, y sobre todo miedo a estropearlo del todo: no sabes si el resultado al que vas a llegar es mejor que lo que había antes y era mejor no haberse metido en aventuras. Pero es un todo o nada.

A “Volare” y “El Sombrero de Tom” los siento más míos ahora que he vuelto a meterles mano, y creo que mejoran, pero claro, esa es mi apreciación personal.

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El sombrero de Tom

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Metáfora de la nobleza y la inocencia

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Metáfora de la paternidad

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Ana

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