Bicicletas que fuimos

A cualquiera que le gusten las bicicletas, entendidas desde un punto de vista metafísico, por supuesto, recomiendo la lectura de “El tercer Policía” de Flann O’Brien. En esta novela, divertida e ingeniosa como pocas, hay un tratamiento del concepto “bicicleta” de lo más interesante y sorprendente. Hay un personaje, un científico apócrifo llamado De Selby que tiene unas disparatadas pero científicamente razonadas teorías. Sostiene que la tierra en realidad no era esférica, sino asalchichada, por ejemplo y también tiene, (y ahí vamos), una Teoría Atómica. Los cuerpos, las cosas, a fuerza de permanecer juntas, acaban teniendo la tendencia de compartir átomos. Una pequeñísima parte de los átomos de un cuerpo son transferidos al contiguo y viceversa, de manera que, con el tiempo, es difícil determinar qué cantidad de un objeto forma ya parte del que está al lado. De esta manera y teniendo en cuenta la infinita cantidad de horas que un hombre (o mujer) pasan en su bicicleta a lo largo de su vida, (estamos hablando de la Irlanda de principios del siglo XX), se puede afirmar sin temor a equivocarse que hay hombres que son cada vez más bicicletas y bicicletas que son cada vez más hombres. Esta teoría viene a explicar porqué hay bicicletas que aparecen en el salón sin que nadie las haya puesto ahí o nos sorprenden en un pasillo como escuchando conversaciones ajenas.

Y a De Selby no le falta cierta razón. Porque una bicicleta con la que vamos al trabajo o a la universidad, que compartimos con nuestra pareja o con la que nos manejamos en una ciudad llena de tráfico; una bicicleta en la que viajamos y en la que vivimos momentos felices acaba formando parte de nosotros. Y viceversa.

Por eso cuando en una ciudad te encuentras una bicicleta destrozada, encadenada a una farola o a un árbol, cuando ves un despojo de ruedas y manillares estás viendo tirada por los suelos,  si sabes mirar, una parte de la historia de alguien.

Buscando en la vida que podían esconder estas bicicletas yo he tratado de imaginar a sus respectivos dueños, las personas que algún día fueron.

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Acerca de Alberto Labad

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